Introducción — El día que un nombre desapareció
En julio de 2020, a orillas del río Manzanares en Madrid, un estadio fue reducido a escombros. El Estadio Vicente Calderón. Desde su inauguración en 1966, había sido el terreno sagrado donde el espíritu combativo del Atlético de Madrid impregnaba cada asiento.
En diciembre de 2024, un parque verde de 67 000 metros cuadrados llamado Parque Atlético de Madrid se inauguró en el mismo emplazamiento. Una línea conmemorativa marca el lugar donde estuvo el círculo central, y una cápsula del tiempo yace enterrada debajo. Sin embargo, en ningún rincón de la nueva casa del club, el Riyadh Air Metropolitano, aparece el nombre «Calderón».
El nombre del estadio fue sobrescrito por un patrocinador. Los recuerdos quedaron sepultados bajo el hormigón. Pero ¿qué hay de la historia del hombre cuyo nombre llevaba? Vicente Calderón Pérez-Cavada. El presidente que sirvió durante un récord de 21 años, forjó una época dorada y dio origen a la maldita frase «El Pupas».
Capítulo 1: Antes de vestir las rayas colchoneras
Vicente Calderón nació el 27 de mayo de 1913 en Torrelavega, Cantabria, siendo el menor de seis hermanos. Su padre Raimundo administraba una pequeña finca ganadera; su madre Benita sostenía el hogar. La familia estaba lejos de la prosperidad. A los quince años abandonó los estudios para ayudar a mantenerla. A los diecinueve, ambos progenitores habían fallecido y partió rumbo a Madrid.
Durante la Guerra Civil fue reclutado por el bando sublevado y combatió en la batalla de Teruel. Tras la contienda, labró su fortuna con exportaciones agrícolas desde las Islas Canarias, y más tarde invirtió en desarrollos turísticos en Gandía, Valencia y Lanzarote. En su momento de mayor esplendor, llegó a presidir nada menos que 37 sociedades anónimas.
En 1948 obtuvo su carnet de socio del Atlético de Madrid —número 2596—. Curiosamente, también poseía el carnet del Real Madrid —número 7901—. Mantenía una relación personal cordial con Santiago Bernabéu, presidente del club blanco. Un hombre capaz de estrechar la mano del líder del eterno rival: esa flexibilidad resultaría esencial en los años venideros.
Capítulo 2: Construir desde las ruinas
En 1964, el Atlético estaba en crisis. La construcción de un nuevo estadio a orillas del Manzanares había comenzado en 1959 pero se paralizó en 1961. El anterior presidente, Javier Barroso, había vendido jugadores clave para cubrir deudas. La inmobiliaria propietaria de los terrenos amenazaba con ejecutar el desahucio, y el Ayuntamiento de Madrid se planteaba reclamar la devolución del solar.
Calderón se incorporó como vicepresidente a finales de 1963 y fue elegido formalmente presidente en la asamblea general de marzo de 1964. Su primera prioridad fue el proyecto del estadio congelado. Negoció simultáneamente con la inmobiliaria y las autoridades municipales, elaboró un nuevo plan de construcción y reanudó las obras en mayo de 1965. Apenas dieciocho meses después, el 2 de octubre de 1966, se inauguró el Estadio del Manzanares, el primer estadio enteramente de asientos en la historia del fútbol español.
La construcción fue financiada con el patrimonio personal y la visión empresarial de Calderón. En cuatro años, las cuentas del club registraron beneficios por primera vez, y el número de socios alcanzó los 50 000. En 1971, los propios socios propusieron renombrar el recinto como Estadio Vicente Calderón. Un honor excepcional: un estadio que lleva el nombre de un presidente en ejercicio.
Capítulo 3: Dieciséis años dorados
La primera etapa de Calderón, de 1964 a 1980, habla por sí sola a través de los números. Cuatro Ligas (1966, 1970, 1973, 1977). Tres Copas del Rey (1965, 1972, 1976). Ninguna otra era en la historia del Atlético produjo una cosecha de títulos tan sostenida.
La clave fue su olfato para el talento. Luis Aragonés, Gárate, Ufarte, Irureta, Adelardo: los futbolistas que se convertirían en leyendas del club compartieron vestuario durante este periodo. En los años setenta, Calderón invirtió agresivamente en talento extranjero, sobre todo argentino, profundizando progresivamente la calidad de la plantilla.
Y entonces, en 1974, el Atlético alcanzó la final de la Copa de Europa por primera vez. Ese torneo se convertiría en el escenario que iluminó de la forma más vívida tanto la luz como la sombra de la era Calderón.
Capítulo 4: Seis minutos en Bruselas y el nacimiento de «El Pupas»
15 de mayo de 1974. Estadio de Heysel, Bruselas. La final contra el Bayern de Múnich había permanecido sin goles hasta lo más profundo de la prórroga. A falta de seis minutos, el suplente Becerra fue derribado por Hansen, lo que supuso un tiro libre. Luis Aragonés se colocó ante el balón. Su lanzamiento con rosca superó la barrera, se escurrió entre los guantes de Maier y se alojó en la red. 1‑0.
Al Atlético le separaban seis minutos de la cumbre del fútbol europeo.
Entonces, en los últimos segundos, el central del Bayern Hans-Georg Schwarzenbeck soltó un disparo desde aproximadamente treinta metros. El balón se coló entre diez jugadores y se clavó en la portería. 1‑1. Fue su único gol en todo el torneo.
Dos días después, en el partido de desempate, el Atlético estaba roto física y mentalmente. Muchos de sus jugadores clave superaban la treintena, y los 120 minutos de esfuerzo habían cobrado un peaje irrecuperable. El Bayern ganó 4‑0 y completaría un triplete consecutivo de Copas de Europa.
Tras el partido, Calderón declaró ante los micrófonos: «Ha sido muy injusto. Somos el Pupas Fútbol Club». Esa sola frase, pronunciada por el propio presidente, perseguiría al Atlético durante décadas.
La historia, no obstante, exige una nota al pie. El Bayern declinó participar en la Copa Intercontinental, y la plaza de representante europeo recayó en el Atlético. En abril de 1975, sobre el césped del Vicente Calderón, el Atlético venció al Independiente argentino por 2‑0. Los goles de Irureta y Ayala sellaron la victoria y le otorgaron al club su mayor título internacional: el de campeón del mundo. La tragedia de Bruselas había conducido, por un capricho del destino, a la gloria.
Capítulo 5: Dimisión, regreso y la traición de Hugo Sánchez
En 1980, una combinación de malos resultados, deuda creciente y conflictos internos obligó a Calderón a dimitir tras dieciséis años. Sin embargo, en agosto de 1982, cuando su sucesor Alfonso Cabeza fue inhabilitado, Calderón fue llamado de vuelta. El club al que regresaba arrastraba una deuda superior a los 500 millones de pesetas.
Calderón se dedicó de nuevo a recomponer las relaciones con la Federación Española de Fútbol, y en 1983 ejerció como presidente interino del Comité de Fútbol Profesional, predecesor de la actual Liga de Fútbol Profesional. Dentro del club, instaló a Luis Aragonés como entrenador y ganó la Copa del Rey de 1985 y la Supercopa.
Con todo, ningún relato de esta segunda etapa puede eludir el caso Hugo Sánchez. El delantero internacional mexicano, frustrado por los retrasos en el pago de nóminas, exigió su traspaso. El FC Barcelona había presentado una oferta suculenta, pero Sánchez optó por fichar por el eterno rival, el Real Madrid.
Calderón ideó una elaborada operación triangular para minimizar la indignación de la afición. Primero, el Atlético vendería al jugador a los Pumas de la UNAM en México por 200 millones de pesetas; dos semanas después, los Pumas lo traspasarían al Real Madrid por 250 millones. El camuflaje fue descubierto rápidamente y la furia de los Colchoneros no se aplacó. Pero sin aquel dinero del traspaso, el club bien podría haber quebrado.
Este era el sello de las decisiones de Calderón. No sentimiento, sino supervivencia. A veces parecía despiadado. A veces se reconocía como visión de futuro.
Capítulo 6: El último viaje de un presidente, y la oscuridad que siguió
El 22 de marzo de 1987, Calderón fue hallado inconsciente en su domicilio. Había sufrido una hemorragia cerebral. Fue intervenido de urgencia, pero nunca recobró el conocimiento. Dos días después, el 24 de marzo, falleció a los 73 años. Apenas una semana antes, había volado a Brasil para negociar el fichaje de Alemão. Hasta el último aliento, estaba trabajando por su club.
El presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, lamentó la pérdida de «uno de los pilares del fútbol español». Adelardo —que además era yerno de Calderón— reflexionó: «Quien venga a reemplazarle tiene una tarea difícil, pero indudablemente él ha dejado un camino marcado». Y Luis Aragonés escribió en el diario ABC: «Ha sido el mejor presidente que ha tenido el Atlético en toda su historia, y que no vendrá nadie que le pueda superar. Con eso está dicho todo».
Conforme a su última voluntad, Calderón fue enterrado en la iglesia de San Nicolás del Grao de Gandía, junto a su esposa. No en Madrid, sino en un pequeño pueblo frente al Mediterráneo.
Lo que sucedió tras la muerte de Calderón sirve, paradójicamente, para iluminar la magnitud de sus logros. Las elecciones presidenciales que siguieron fueron ganadas por Jesús Gil y Gil, antiguo miembro de la junta de Calderón que se había marchado tras una ruptura personal. Gil presidió dieciséis años de caos, de 1987 a 2003, desfilando 38 entrenadores por el banquillo. Hubo el destello de un doblete Liga-Copa en 1996, pero el 7 de mayo de 2000, un empate 2‑2 contra el Oviedo certificó el descenso del Atlético a Segunda División. El prestigio que Calderón había edificado durante 21 años se derrumbó en apenas trece.
Capítulo 7: El nombre se desvanece, pero el linaje perdura
En mayo de 2017 se disputó el último partido oficial en el Estadio Vicente Calderón. Tras su demolición completa en 2020, el solar renació como parque. La nueva casa del club lleva el nombre de un patrocinador, y «Calderón» se convierte rápidamente en una palabra ausente de los contextos oficiales.
Sin embargo, en el ADN del Atlético como institución, las huellas que Calderón dejó están escritas de forma indeleble.
Rescató un proyecto de estadio casi en ruinas con su propio patrimonio. Ganó cuatro Ligas en una época dominada por los dos grandes del fútbol español. Aceptó decisiones que le granjearon el odio de la afición para evitar la quiebra del club. Y, sobre todo, pronunció las palabras «El Pupas» —palabras que, con rica ironía, se convertirían un día en el muro que Diego Simeone se propuso derribar—.
Cuando el Atlético de Simeone proclama su «filosofía de lucha», el enemigo al que combaten siempre incluye una resignación interior: la creencia de estar malditos. Una maldición que Calderón creó, y que Simeone ha dedicado su mandato a enterrar. Esa tensión es, precisamente, el motor que impulsa la historia del Atlético.
A orillas del Manzanares, el estadio que Calderón construyó ya no existe. Pero el hecho de que un hombre lo entregara todo por «su club» perdura —con más firmeza de lo que el hormigón jamás pudo ofrecer—.
El nombre ha desaparecido, eso es innegable. Pero que caiga en el olvido depende de ti y de la afición. El orgullo colchonero, el amor al fútbol —eso nadie lo puede derribar—. Empieza preguntándote: «¿Y qué?»